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LOLLA CHICAGO DIA 1: El lenguaje de una generación

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Por Iara Lomich & Delfina Catalano

Hay algo que se entiende apenas uno cruza las puertas de Grant Park: Lollapalooza Chicago no es solamente un festival de música. Es un lugar donde conviven distintas escenas, estéticas y comunidades, pero donde todas parecen hablar el mismo idioma.

La primera sorpresa no estuvo arriba de un escenario, sino entre el público. A diferencia de otras ediciones de Lollapalooza que conocemos en Latinoamérica, acá predominan claramente los adolescentes y jóvenes adultos. No es un dato menor: también cambia la forma en la que se vive el festival.

La moda sigue siendo una herramienta de expresión, pero desde un lugar mucho más cotidiano. Se ven camisetas de bandas mezcladas con jorts oversized, zapatillas usadas, vestidos livianos, pañuelos, lentes deportivos y muchas prendas que podrían formar parte de cualquier día de verano en Chicago. La sensación general es que el look acompaña a la personalidad antes que al evento. Más que un dress code de festival, aparece una suma de estilos individuales que conviven naturalmente.

 

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También es un reflejo del momento que atraviesa la moda. Después de años en los que los festivales impulsaban una estética casi uniforme, hoy las referencias son mucho más abiertas: conviven el sportswear, el indie sleaze, el Y2K, el workwear y el minimalismo sin necesidad de responder a una sola tendencia. El resultado es un público que se siente menos preocupado por encajar y más interesado en expresar quién es.

 

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Ese espíritu también se trasladó al lineup.

Nuestra primera parada fue Ninajirachi, una de las productoras australianas que mejor representa la nueva generación de la música electrónica. Su set condensó el universo sonoro que viene construyendo desde I Love My Computer: hyperpop, trance, drum & bass y melodías que remiten tanto a los videojuegos como a la cultura de internet. Lejos de funcionar como un simple show de apertura, fue uno de esos recitales que marcaron el tono de la jornada, con un público que respondió desde el primer minuto.

Más tarde llegó el turno de 5 Seconds of Summer, en uno de los regresos más esperados de la jornada. Lejos de apoyarse únicamente en la nostalgia, la banda australiana presentó un show que funcionó como una reinterpretación contemporánea de aquellas boybands que dominaron la cultura pop hace una década. Conservan la euforia colectiva, los coros multitudinarios y ese vínculo casi emocional con su audiencia, pero con un sonido que hoy abraza con naturalidad el pop-rock, las guitarras y una madurez musical construida a lo largo de quince años de carrera. Entre clásicos como She Looks So Perfect y Youngblood, junto a canciones de su último álbum, quedó claro que 5SOS ya no vive del recuerdo: logró evolucionar junto a su público, al mismo tiempo que conquistó a una nueva generación que los descubre por primera vez. El resultado fue uno de los shows más celebrados de la tarde, donde la nostalgia y el presente convivieron sin sentirse contradictorios.

Si hubo un artista que terminó de confirmar su ascenso meteórico, ese fue sombr. El músico neoyorquino apareció en el escenario principal con la seguridad de una estrella consolidada: gafas oscuras, una boa de plumas sobre los hombros y una actitud que parecía decir que Grant Park le pertenecía. Esa confianza atravesó todo el show, donde combinó el dramatismo del glam rock con una presencia escénica magnética que hizo imposible apartar la mirada.

 

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Con un T-Mobile Stage colmado, interpretó algunos de los temas que impulsaron su crecimiento en el último año, como «Undressed», «12 to 12» y «Back to Friends», además de presentar «Potential», una de sus canciones más recientes. Pero el momento que terminó de definir el espíritu del recital llegó cuando bajó el ritmo para hablar abiertamente sobre sus problemas de autoestima e imagen corporal antes de interpretar «My Body Isn’t Ready». La honestidad con la que se dirigió al público contrastó con la actitud desafiante del resto del show y terminó explicando gran parte del fenómeno sombr: un artista que puede proyectar el aura de una rockstar clásica mientras conecta con una generación desde la vulnerabilidad. Como cierre, sorprendió invitando a 5 Seconds of Summer para interpretar «She Looks So Perfect», uno de los momentos más celebrados de la tarde.

 

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Cuando empezó a caer el sol, Grant Park se dividió en dos energías completamente distintas.

De un lado, John Summit transformó su escenario en un club al aire libre. Chicago juega de local cuando habla de música electrónica, y se nota. El público respondió como si estuviera en un warehouse antes que en un festival. protagonizó un cierre que se sintió casi como una celebración local. Nacido en Chicago, su set condensó todo lo que caracteriza a la escena house local, reinterpretada desde una mirada contemporánea. Entre drops explosivos, momentos de tensión perfectamente construidos y una producción visual que acompañaba el ritmo sin eclipsarlo, Summit convirtió uno de los cierres del primer día en una enorme pista de baile al aire libre.

 

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Del otro, Lorde ofreció el contrapunto perfecto, ofreciendo uno de los shows más sofisticados de la jornada. Quienes la vimos unos meses atrás en Lollapalooza Argentina nos encontramos con una propuesta completamente evolucionada. Si aquella presentación estaba centrada en las canciones, en Chicago la gira de Virgin se siente mucho más consolidada: la puesta en escena adquiere un rol protagónico y transforma el recital en una experiencia casi performática. Con una escenografía minimalista, una iluminación precisa y una coreografía que dialoga constantemente con cada tema, Lorde construye imágenes de fuerte carga simbólica que acompañan el proceso de transformación personal que atraviesa su último álbum. Más que un concierto, por momentos la sensación era la de estar presenciando una obra de arte en movimiento, donde el cuerpo, el espacio y la música funcionan como un mismo lenguaje.

 

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El momento culminante llegó sobre el final del show, cuando apareció Charli XCX para interpretar juntas «Girl, so confusing», la colaboración que redefinió una de las rivalidades más comentadas del pop reciente y terminó convirtiéndose en un símbolo de sororidad y vulnerabilidad dentro de la industria. La química entre ambas fue inmediata y el público respondió con una de las ovaciones más grandes de la noche, coronando un cierre que ya forma parte de los momentos icónicos de esta edición de Lollapalooza.

 

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Pero quizás el verdadero headliner del jueves fue otro.

Después del primer día queda una sensación clara: Lollapalooza Chicago funciona como una fotografía del presente. No porque marque una única tendencia, sino porque reúne muchas al mismo tiempo. Artistas nacidos en internet, regresos inesperados, colaboraciones sorpresa y miles de personas que ya no consumen la música desde un solo lugar, sino desde playlists, algoritmos y comunidades digitales. Más que un festival, es una instantánea de cómo una generación escucha, se viste y habita la cultura hoy.

 

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