“Gracias por poner el cuerpo, una vez más”. Los focos a espaldas del público chorrean una luz blanca opalescente; un humo líquido que se escurre entre la gente y se parte con los haces de luces rojas, perfectamente delineados, que lo atraviesan como estocadas, directamente desde el escenario. Adrián Dárgelos reaparece para los bises y, antes de volver a sumergirse a pleno en su papel de dandy salvaje, ofrece esas breves palabras cargadas de un sentido muy particular. Porque de eso se trató la noche del jueves en el Movistar Arena: de la música como trinchera y del cuerpo como arma para enfrentar un presente, cuanto menos, discutible.
Ph Guido Adler
De sentir en el cuerpo y con el cuerpo la potencia de la música en vivo.
Suena como una simpleza evidente, pero no es así, ya que las últimas presentaciones de Babasonicos en la Ciudad de Buenos Aires (en el estadio de Ferro, en diciembre del año pasado) habían adolecido justamente en eso: el pulso, la sustancia; de ese latir en el verbo de la música. Y eso fue, precisamente, lo que recuperó la banda para estos shows, algo que tiene que ver con la carne, el deseo. Con la cercanía.
Ph Guido Adler
La incorporación de temas de su último disco, Cuerpos Vol. 1, y de otros no tan abordados en su repertorio reciente, le dio vitalidad y una conexión, entre ellos y con el público, que últimamente se había desinflado. El comienzo fue con esas líneas lacerantes desde “Revelaciones aparte”: “El futuro viene/ Con un paquete/ De humillaciones/ Por presenciar/ En primera fila”. Tan poco auspicioso es el porvenir que vislumbra Babasonicos que la única manera de esquivar esa premonición fatal es acercando los cuerpos. “Tiempo off” rubricó esa sensación de agobio y frustración impresa en el disco de 2025: “Nací cansado de esperar/ sé que no hay chances”, cantó Adrián entre contoneos, para entonces brindarse a la seguidilla sí-te-hablo-a-vos-dale-que-sabés-y-querés: “Pijamas”, “Yo anuncio”, “Fizz”, “Miau” y sus masticados versos/trabalenguas (ah… ¡la polisemia!): “Nadie quiere enamorarse/ De eso que se escribe con un dedo/ En el sudor de un vaso frío en un bar”, que desembocó en “Las demás” y “Risa”.
“Once”, aguafuerte marginal en clave de rock furibundo, rompió de un guitarrazo el hechizo cachondo. “El maestro” y “Putita” aportaron aire polvoriento tex-mex. Avasallante, “Estoy rabioso” se erigió como ese himno sabbathiano arrojado desde Mucho, con un Dárgelos en estado de gracia, revoleando el pie del mic como la estrella de rock que es, mientras invitaba a pasar a uno de los personajes favoritos de la mitología babasónica: el diablo.
Ph: Martín Bonetto
Los beats gélidos de “Labios apilados” quebraron la oscuridad repentina con los versos formidables de este Dárgelos tardío y siempre tan, tan dispuesto: “Fue como quererse en clave morse en un cuarto donde todos tosen”, que decantó en esa otra oda a la fantasía más juguetona que es “Puesto”.
Una imagen azulada, rizomática, dio al fondo del escenario una textura submarina mientras sonaba “Ideas”. Inmediatamente después, el contrapunto de “Advertencia” y su lounge apocalíptico dio lugar al baile sumergido en una aurora boreal de “Microdancing” y finalmente el estallido mántrico de “La Pregunta”, en un bloque que pareció un ejercicio de atmósferas e intenciones, potenciado por la puesta de luces de Sergio Lacroix, siempre tan impactante, sofisticada y extraordinaria en su sobriedad.
Ph Martín Bonetto
Los graves de “Maracuyá” golpearon el pecho mientras provocaban la sensación de estar volviendo a otro lado, pero sin moverse del lugar: “Somos lo que deshicimos/ y eso nos costó mucho trabajo”, reivindicó Adrián en una frase que contiene, en esas pocas palabras, toda la historia de Babasonicos. Porque si hay algo que ha hecho esta banda de Lanus, en sus más de 35 años de vida fue insistir en la propia deconstrucción para ir construyendo siempre algo más grande, diferente a sí mismo y, sin embargo, tan inconfundible.
El casi-medley de “Mimos son mimos” y “Paradoja” señaló el comienzo del fin de una velada que fue perdiendo los contornos de lo real para convertirse en recuerdo. “Cómo eran las cosas” se pegó a “Bye Bye” y la evocación al antro de la izquierda de la noche se hizo sentir en el cuerpo, como una electricidad, antes de la explosión con “Carismático/Yegua”.
“Gracias por esta noche. Y por las que vienen”, saludó Dárgelos después de una versión mega grooveada de “Y qué”, en los bises, antes de sellar el show con “El colmo” y dejarse llevar bien lejos, tras casi dos horas de poner el cuerpo al servicio de eso que conocimos como show de rock.